Menudo tiempecillo tuvimos anteayer, con chuzos de punta y vientos racheados que hacían temblar no sólo por el vendaval, sino por su integridad, a árboles, antenas de televisión y similares... Parece ser que se da el consuelo de que en otras Comunidades Autónomas el temporal fue aún peor.
Normalmente el tiempo borrascoso me pone de buen humor. Trabajo al aire libre y, a no ser que se dé el caso de que me encuentren alguna tarea a realizar bajo cubierto, un chaparrón equivale a un rato de descanso por causas de fuerza mayor. No es así con las lloviznas y chirimiris... De hecho más de una vez he regresado pingandito a casa. Además curro mucho más a gusto en medio del frío que en los tórridos veranos extremeños, debido a mi excesiva tendencia a la sudoración.
El viernes, por lo tanto, sólo estuve currando a ratos, cuando amainaba, pero la jornada no fue tan llevadera como suele ser habitual en estos días de lluvia. A la hora del bocadillo tuve que darle la vuelta a la bolsa de plástico (tenemos nuestras razones para no traer macutos, mochilas u otro tipo de bolsas) en que envasaba un suculento bocata de tortilla de chorizo y queso para colocarla sobre un banco del parque en el que curraba y no mojarme el culete, y hacer virguerías sujetando con una mano el bocata y con la otra un paraguas que me había traído por si me hacía falta en algún momento, maniobrando con el paraguas para que apuntase a la dirección de la que venían las ráfagas de racheado y cambiante viento. Otros compañeros comían de pie bajo un árbol. Toda maniobra fue inútil. Cuánto lamenté más tarde no haberme quedado bajo el árbol, pese a que me es incómodo comer de pie… El paraguas se me desvarilló totalmente de una manera indescriptible... Unas varillas se giraron encajándose en otras y ya no había forma humana de cerrarlo... El cambio de forma también era notorio, y de hecho descubrí con una sonrisa entre pueril y sardónica por lo abrumador del dichoso cúmulo de pequeñas desgracias, que el paraguas se había aflojado por la parte de arriba y al andar o apuntar con él hacia el viento su nuevo diseño aerodinámico lo hacía girar como un molinillo...
Así transcurrió el día, a ratos resguardándome bajo los árboles y a ratos trabajando entre ráfagas heladas que me desbarataban el cabello (que ya va necesitando un corte) y bajo un chirimiri continuo. De repente, mientras estaba absorto en mi tarea noto algo raro en mis guantes... ¡Estaban manchados de mierda! Veo que efectivamente, hay una mierda bajo un pegote de hojas podadas ya húmedas. A menudo en el curro me he topado con desechos que podrían calificarse de “mierda” figuradamente, basuras, montones de hojarasca putrefacta, líquidos descompuestos, incluso alguna vez he metido el azadón en un panal de avispas… Pero aquello era una mierda en el sentido más literal del término. Una mierda de olor penetrante, blanducha, que cualquiera juzgaría que era reciente y con un aspecto más propio de excremento humano que de animal... ¡Y mis manos habían tropezado con eso! Inmediatamente me quito los guantes y los meto en una bolsa de plástico. De todas formas era obligación nuestra encargarnos de que ese pegote de hojas fuese a parar al saco, no podíamos escaquearnos, algún valiente tenía que recoger aquello, pese a que no traíamos recogedor y obviamente aquella masa estaba pegada al suelo... Una compañera mía, con el estómago revuelto de náuseas, decidió prestarle los guantes a otro (que no los llevaba), mientras que yo sujetaba el saco dejándolo abierto y mirando para otro lado. Aquellos guantes ya no los quiso volver a ver ni mucho menos oler en su vida, eran un regalo para el otro compañero para siempre. Yo, que no llego a tantos extremos de escrúpulos, supuse que lavaría los míos, ya guardados en la bolsa, en mi casa.
La conciencia (o la constatación subconsciente) de lo excrementicia y repulsiva que es nuestra posición en el proceso productivo, (de que es una mierda, tan fétida como aquella con la que me topé, vamos) se da a varios niveles, con diferentes cargas emocionales y cognitivas y diferentes urdimbres e intrincamientos causales en los diferentes aspectos de éstas tanto a nivel cualitativo como cuantitativo y de capacidad de perduración. Hay días en que esa conciencia está eclipsada bajo el peso físico de la propia mierda que la genera… Otras veces aflora en forma de rabia mal dirigida, euforia maníaca ante el estrés, astenia, tedio o similares… A veces crea afanes consecuentes de cambio ya sea envueltos en rabia, ya en frías y calculadoras ansias de venganza, ya en serena y jovial anticipación de placer de construir. Otras veces se amalgama (a menudo gracias a influencias externas, ejem) con los fantasmas que nos hacen vernos por dentro como una mierda, revistiéndonos ya de una mediocre sonrisa empañada de resignación mal disimulada, ya en amargura manifiesta. Aunque esté totalmente apagada e imperceptible conscientemente puede acabar remodelando de arriba abajo todo el ser de uno de forma paulatina… Todo queda revuelto y gira y gira como mi desvarillado paraguas...
Esta mierda se me presenta como una señal de los inherentemente inexistentes (pero con la sabiduría de muchos otros personajes de ficción) dioses del ateísmo y del materialismo. No sé hasta qué punto su mensaje ha llegado a mí, a qué niveles soy más consciente y consecuente con el hecho de que mi condición social huela tan mal. Quizá a estas alturas desde su Olimpo de autoafirmada no-existencia están furiosos conmigo por mi poca capacidad de ser consecuente con sus avisos. Pero en el momento en el que olí aquella mierda me pareció oír su atronadora voz retumbando en mis entrañas y aturdiéndome al mismo tiempo que aquel pungente hedor.
Hoy y ayer el tiempo ha estado más apacible. Ayer incluso salió el arco iris, uno doble, entre los más vivos y nítidos que he visto en toda mi vida. Pero no ocurrió durante el curro, y no sólo brilló para mis compañeros, de modo que era imposible que fuera una señal de la misma procedencia que aquella mierda. Además, dudo que los dioses del ateísmo sean tan poco originales como para copiarle ideas a Yahvé…